Mi nombre es Mark, vivo en Guatemala (Chela). Tengo dos hermanas más pequeñas que yo, a las cuales les encanta despertarme con baso de agua fría todos los días. A ellas les parece gracioso y divertido correr por toda la casa mientras yo les chillo y les intento agarrar. Generalmente nos llevamos muy bien, aunque no tanto cuando las tengo que acompañar a todos lados, mi madre me dice, ''Mark acompaña a Melissa a comprar el pan, Mark acompaña a Melissa Junior al parque, Mark acompaña, Mark acompaña...'' Sí, mis hermanas son gemelas con el mismo nombre, mi madre es así de lista. Ella no entiende que tengo 17 años y que dentro de unos días ya seré mayor de edad, y no puedo estar cada dos por tres acompañando a mis hermanas a todos los sitios que quieran ir, tienen 13 años. Mi padre siempre me dice, si les pasa algo será por tu culpa. La grandeza de estos grandes esfuerzos es que con 12 años ya había cogido la madurez que debería de tener un chico de 15. Una tarde como otra cualquiera me llamo Carla, es la chica perfecta que necesito en mi mundo imperfecto. Quedamos para tomarnos unas birras en ''Don Cuco''. Pero como toda desgracia, mis padres tenían que salir y yo tenía dos opciones, llevarme a mis hermanas con la chica perfecta ó quedarme con mis hermanas en casa y aplazar la salida. Decidí la primera opción, ya que no podía perder la cita Carla. Me puse mi mejor camisa, mis mejores pantalones, mis mejores zapatos y mi mejor colonia, un poco de gomina y ¡listo!. Esta vez les leí la cartilla a mis hermanas unas dos veces para que no me chafarán mi mejor cita. Nada más llegar se que calleron los dientes al suelo. Carla llevaba un vestido de muerte.
- Por favor si parece una fulana. -dijo Melissa la muy lista.
- Melissa ni se te ocurra decir nada delante de ella, ¿entendido? y a ti también Melissa Junior. -dije intentándome tranquilizar.
La saludamos y entramos al bar.
- Chicas váyanse al parque a jugar, que yo las miro desde aquí. -dije sonrojado.
- Que cara de estúpido se te queda cuando ves dos tetas Mark. -dijo Melissa de graciosa.
Carla sonrió y me miró atentamente.
- Que, ¿Pedimos? -dijo ella.
- Perfecto, yo quiero una caña, ¿y tú? -contesté.
- Yo prefiero un zumo de piña, no bebo entre semana.
Mientras vigilaba a mis hermanas hablaba con ella sobre sus problemas con la familia, yo ya estaba muy contento, y no por el gran escote que tenía Carla si no por la única caña que había pedido. En un momento de risas, a Carla se le calló el zumo en el vestido. Me ofrecí a ayudarle, como cualquiera caballero de película.
- Ahora vuelvo, voy al baño. -dijo angustiada.
Mientras la esperaba, giré el cuello para vigilar a mis hermanas. Angustiado empecé a buscarlas con la mirada por todos los huecos del parque, pero no las encontraba. El parque estaba vació y en el banco un señor viejo, calvo y con una bolsa de caramelos. Hasta que repente, me pego mucho más al cristal, y veo a mis hermanas pegadas en la otra cara del mismo cristal que tenía yo la cara, gritándome.
Pegué tal grito del susto, que cuando vino Carla, me preguntó:
- Mark, ¿estás bien?. dijo intentándose no reír.
- Ehhh, si sí, pff, ehmm es que estoy empezando a cantar, entonces.. claro, para calentar la voz, y eso -maté con la mirada.
- a ¿si? me encantaría me cantaras una canción. -dijo ella feliz.
- Ehmm sí, si si, ahora ahora.. ehmm, ¿se te quitó la mancha? -respondí muy nervioso.
- Si Mark, gracias a dios con un poco de agua se me quitó. -sonrió.
Primero dejamos a mis hermanas en mi casa, y después acompañé a Carla.
Nada más pisar el escalón, me dio un beso en la mejilla y me dijo:
- Me a encantado este día, espero poder quedar de nuevo contigo, eres adorable.
En esos 3 minutos en los que cerraba la puerta, mi cara se había quedado paralizada, y dije yo como niño chico:
- No me lavaré la cara más.
Regresé a casa con prisa, abrí la puerta y grité:
- Ya estoy en casa.
Pero no recibí respuesta.
- Venga chicas déjense de bromas, que papá y mamá vienen dentro de un rato.
Solo se oía mi voz, y registré por todas partes, hasta que me dí cuenta, que el cristal de la ventana de la cocina, estaba rota. Mi desesperó cada vez era mayor, se habían llevado a mis hermanas, y esta vez era enserio.
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