Hoy pienso partir el mundo. -me dije.
Rompí mis pantalones viejos y mis camisas ajustadas. Preparé la maleta y metí todos los trozos de corazón que estaban esparcidos por mi jaula.
Di un portazo en la puerta y le grité al nuevo mundo.
He vuelto a recaer en las fases del amor, ¿por qué tanto dolor en una sola caja que palpita? Me puse los cascos mientras escuchaba Marilyn Manson.
Las calles de Pamplona estaban vacías y apenas se escuchaba un solo ruido.
Los coches descansaron de ensuciar la pequeña bola asfixiante. ¡Por fin un día que no llore!
Mis labios tienen hambre, ansia de sangre rebelde. Cuando menos me lo esperaba apareció un gatito tirado en el asfalto, con una caja de cartón empapada de orina de perro. Sabia naturaleza, la diferencia entre la imbecilidad de un humano y de un animal, es que uno lo hace sin pensar y otro lo hace pensando.
Pese a mi rebeldía, aquel gatito me enterneció. Era blanco, aunque no se notara, y con una manchita marrón en la oreja. Lo metí en la maleta y seguí caminando por la infinita carretera, cuyo destino no quise saber.
La tarde se estaba haciendo fría y apenas sentía mi pequeña nariz puntiaguda.
El pobre gatito esta temblando en mi maleta, así que lo engruñé junto a mi pecho y se relajó. Éramos uno. Me derroté por aquella mirada triste e indefensa que me pedía comida y un poco de amor humano.
Me paré a los 2 kilómetros que había de distancia entre el campo y la ciudad.
Montaré la campaña aquí. -decidí.
La coloqué en medio de los inmensos árboles, y salí a buscar comida.
Soy irresponsable. Apenas puedo comer decentemente, y sé que dentro de poco moriré de tristeza. Pero no debo guiarme por la perfección que todo el mundo pretende tener, yo voy a ser diferente.
El cielo estaba oscureciendo y aborté la misión. Volví con una cesta hecha por mí de comida.
Su mirada, me volvió a enamorar. Cuando terminamos de comer, el dulce gatito agradeciéndome el calor, la comida y el amor que le estaba ofreciendo, se acurrucó en mi barriga. Me sentí madre, padre, hermano... familia.
Quizás fue lo que siempre me ha faltado a mí, y por eso ahora, estoy aquí, malviviendo en este negro y podrido corazón.
Me lamió suavemente la mano. No pude contener esa curiosa lágrima que mi rebeldía no me permitía expulsar. Al fin descargué mis malas energías. Era yo mismo.
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