Mientras me tomo el café de todos los sábados, observo las estalactitas que se han formado bajo mi ventana. Que dulce invierno, que apresura a las aves de verano. Mientras las calles vacías se llenan de nieve, la alegría de los niñós por ver nevar les hace tiernos y débiles a la vez.
Hoy mis fuerzas se han desbordado y han dejado paso al vagar.
Que día tan bonito, con sus arboles desnudos al mundo, con sus casas de blanco inpoluto. La temperatura es de -7 grados, el hombre del tiempo ha dictado que subirá a 0 grados a lo largo de la mañana. Con mi bata mal puesta y mis pantunflas descolodadas, me dispongo a salir de la jaula, cuando un tronco me inpide el paso. He de pensar que el vecino, ha destruido mi árbol de recuerdos. Ignorando a la ignorancia y dispuesto a revivirlo de nuevo, lo riego con desapaciencia. Que curioso y gracioso a la vez, el agua que recorre su débil tronco se ha congelado por completo y ha impedido su trágica alimentación. Pero no debo desesperar, el invierno nos está diciendo adios.
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