La había visto antes, pero la confundí con la luna.
Su larga melena rubia atraía a las estrellas, sus ojos eran como dos soles, y su boca tan perfecta y suave...
La encontré bajo mi árbol de ocasiones, la observé sentado en el tejado, era maravillosa, el contorno de su cuerpo se iluminaba y parecía una reina con aquel vestido de punto de cruz. Se marchó lejos de mi vista, y lloré desconsoladamente...
Perdí su olor, y su rastro. Perdí la vida.
Perdí mis lagrimas secas y las ganas de vivir.
Salí a dar un paseo por el barrio, todo estaba oscuro y silencioso, los aullidos de los perros me aturdían y me sentía incomodo.
Pero paseé a mi sombra oscura por aquellos montes de Livingston (NEW YORK), acarisié las petunias fuccias de la primavera y giré la figura de mi cuerpo al horizonte, era ella de nuevo. Estaba media desnuda, tapaba sus senos con sus morenos brazos mientras su pelo volaba al viento. Alzó la mano dibujando entre silencios, y se difuminó su cuerpo.
Me senté en aquellos llervajos observando a la maravillosa luna, a la cual me recordaba a ella.
Preciosa amada mía, que daría yo por construir un palacio en tus labios, que daría yo por acariciar tus mejillas.
Suaves son tus ojos grises como la polución de nuestro planeta.
Verdaderos son tus espejos mágicos con los que te miras.
Algún día, ¿Podré pedirte la mano diosa de la luna y de los cielos?
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