El sonido de los coches me despertó del tercer sueño. Cogí mis gafas y me dirigí al salón. Abrí el balcón, subí las persianas y comencé a prepararme el desayuno. Era sábado, el día estaba apagado, el café sabía amargo y apenas podía mantenerme recto del sueño.
Así que volví de nuevo a la cama. Coloqué de nuevo las mantas y me intenté dormir otra vez. Pero que torpe, ¡ya me había tomado el café! No había apoyado la cabeza en la almohada y ya tenía los ojos abiertos a más no poder. Total, que me quité el pijama, y seguí al baño.
Abrí la llave de paso y me metí en la ducha. ¡Uff! Por dios, ¡casi me quemo media pierna!, y es que siempre igual, mi padre se descuida y pone al máximo el termo. El agua poco a poco empezó a estabilizarse y me metí debajo rápidamente.
Me enjabone el cuerpo y volví abrir la llave de paso. ¡Dios! Ahora no estaba caliente, ni tibia, estaba ¡CONGELADA!
Pegué un brinco hacia la alfombra y me puse el albornoz. Todavía mis padres no se habían despertado. Me vestí, hice la cama y..¡Auch! me rompí la cabeza contra el falso techo, y es que duermo en una cama de un metro y medio de altura. Seguro que el vecino de arriba tuvo que sufrir un espantoso y repentino susto. Con mi chichón en la cabeza me puse los calcetines, luego los zapatos y respiré profundamente. Sólo faltaba que se me desencajara un brazo, como cuando intentas coger esos calderos, que vacíos pesan dos kilogramos. Yo con mi mente súper ‘positiva’, escribí en un papel:
Mamá, papá, me voy que he quedado con mis amigos en el parque de atracciones.
El café está preparado. ¡Besos!
CARLOS
Lo dicho, salí a toda mecha, me quedaban exactamente dos minutos, treinta y seis segundos y unas cuantas milésimas para llegar tarde, como siempre. Lo bueno de llegar tarde es que mis amigos ya están acostumbrados a que me ocurran desgracias como llegar tarde, que de la risa se me salgan los mocos y que sin querer, y sólo sin querer me tropiece de vez en cuando. ¡Si! Soy un patoso, y es que nada más nacer casi me asfixio con el cordón umbilical. Bueno, bueno a lo que estábamos. Cuando llegue al parque de atracciones, en la misma caseta donde se venden las entradas había una cola, que parecía la carretera de Teror multiplicada por dos. Pero bueno, la ventaja de llegar tarde y de saber que tus amigos llevan rato haciendo la cola, es que puedes ponerte con ellos.
Saludé a todos y a todas y me echaron el rezado de siempre, que si llegas tarde, que si siempre haces lo mismo, etc.
Llevábamos treinta minutos, catorce segundos y cincuenta milésimas. El aburrimiento abundaba en la cola, así que intenté hacer un poco de gracia. Pero de hacer la gracia hice el tonto. Empecé hacer el payaso dando marcha atrás, sin ver quien había detrás de mí.
De repente sentí un golpe en la espalda, me giré, y subí la cabeza. Era un chico de dos metros de largo por lo menos, y un metro y medio de ancho.
-Ups, disculpa –dije yo-. El chico sonrió. ¡Qué actitud más rara! Volví con mis amigos muertos de risa por supuesto. Me rasqué la espalda y cuando me miré la mano, la tenía llena de algodón de azúcar. Más razón todavía tenían mis amigos para continuar riéndose. Me quité la chaqueta, ¡Por favor! ¡Qué frío! Pero mis principios eran mis principios, y no podía ir por todo el parque con la chaqueta llena de algodón de azúcar, que por cierto estaba muy rico.
Faltaban dos personas para pagar ya nuestras entradas. Los brazos los tenía rojos del frío, y el aire pesado no me ayudaba mucho que digamos. Pagamos las entradas y nos fuimos a comer, si... ¡A COMER! Eran las dos y media de la tarde, el estómago parecía que se me iba a agujerar. Después de comernos unos perritos calientes y tomarnos unos batidos mega gigantes, fuimos a la queridísima noria que llevábamos esperando para montarnos dos meses. Pero como siempre, los planes nos salen mal. La noria abría a las seis, así que nos montamos en ‘La movida’. Un círculo gigante acolchado donde nos montamos mientras empieza a dar vueltas y saltos sin parar. Llevábamos dos o tres minutos dando vueltas sin parar, y yo ya me estaba empezando a marear un poco, hasta tal punto que di un brinco hacia los de adelante y les rocié con mi desagradable vomito. ¡No vuelvo a montarme más en ‘La movida’ des pues de comer! Nada más bajarnos, la vergüenza me comió y quería que la misma tierra que estaba pisando, que me tragase. Por favor ¡no podía más! El día se me estaba complicando más y más. Intente darme una cachetada haber si lo que estaba ocurriendo era una pesadilla o bien la realidad, desgraciadamente, era la realidad. El tiempo paso y paso, cada vez el nivel de adrenalina pedía más. Nuestros cuerpos podían aguantar más subidón todavía, hasta que llegó la hora y corriendo nos fuimos a la noria. La tarde ya no era tarde y se convirtió en noche. Desde ‘las cajas de metal’ como lo llamo yo, se podía ver casi media isla, y si mirabas al cielo podías verlo totalmente lleno de estrellas, y con su acompañante la bellísima y espectacular Luna llena dando reflejos al mar. Cuando ‘las cajas de metal’ se pararon, seguí mirando fijamente el maravilloso cielo. De repente una especie de estela pasó de un lado al otro, en ese momento no pensé, cerré los ojos y pedí un deseo; el ser una persona normal, con complicaciones en su justa medida pero sin torpeza. La noche se convirtió más oscura y decidimos irnos del parque de atracciones. Me despedí de ellos y de ellas y me fui a casa.
Había llegado súper cansado, tan cansado que nada más entrar por la puerta dije ¡Buenas noches!, y me acosté en la cama con ropa y con todo.
A la mañana siguiente, el silencio fue quien me despertó. Me puse las gafas, y me fui al salón. Abrí el balcón, subí las persianas, y empecé hacer el café de todos los domingos. El día estaba soleado, parecía que de invierno pasó a verano. Me asomé al mismísimo balcón y contemple las puertas del sol en el mar, cuya belleza es infinitamente comparable con otros cielos. El esplendor de sus rayos me cedió su seguridad, seguridad de asomarse todas las mañanas y ocultarse todas las noche sin crítica alguna. Después de mirar el amanecer simpatice la mañana poniendo un poco de música a toda mecha. Parecía que el día estaba a mi favor, que me había dado una oportunidad. Yo no me confié, y espere a que finalizara el día.
Ya a la noche, salí al balcón para observar un poco el panorama, y me detuve de nuevo a ver el cielo, un cielo oscuro adornado de pequeños puntitos que son iluminados por si solos, junto a ellas está el casi círculo perfecto que nos deja ver distintas formas de ella cada cierto tiempo.
El cielo es tan maravilloso que no nos damos cuenta de su belleza, lo ocultamos con la horrible polución que nosotros mismo producimos. Pero, ¿Qué haríamos sin el cielo?
Ya han pasado seis meses, en estos seis meses mi torpeza a dejado de existir, pero me pregunto yo: ¿Fue la seguridad mía de saber que puedo dejar de ser torpe, o que realmente el cielo es mágico?
En resumen, AQUELLA TARDE DE ENERO fue la mejor tarde de mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario